lunes, marzo 16, 2009

Una nueva ensalada


Descubrí a Daniel Alarcón en una de las tardes mágicas del FILBA y desde entonces comencé a seguirlo con más pereza que eficacia (su "Radio Ciudad Perdida" todavía duerme en la pila de libros por leer). Más tarde caí en el muy interesante blog que escribe para Etiqueta Negra y quedé prendado de sus memorias africanas.

Alarcón es parte de lo nuevo de lo nuevo en la literatura de América Latina (el "post boom latinoamericano", de acuerdo con las tiranías del marketing) y comparte la estirpe nómade y globalizada con autores de todo el continente. Es probable que este linaje estuviera presente desde hace mucho tiempo en nuestros escritores. De todos modos, Internet los pone en evidencia de manera casi revolucionaria, potenciando sus redes y democratizando la información para acercarla al vulgo blogger. Hoy tenemos la suerte de asistir a cruces, maridajes e hibridaciones autorales en una ensalada cada vez más rica y compleja en la variedad y calidad de sabores.

A veces me invento un futuro incierto y amago parentezcos con estas gentes. Otras tantas admiro tristemente un destino que jamás será mío y espío sus movimientos transfronterizos desde la comodidad de la hamaca dominical.

Vaya una muestra de la escritura del Sr. Alarcón (mientras tanto, Rimbaud ilustra este post como ejemplo de literatura + viajes):

(...)

Sin duda, Accra no representaba Ghana: según los comentarios de mis compañeros, la esencia del país estaba lejos, fuera de la zona urbana, en el campo, en los pueblitos donde aún se mantenían las tradiciones autóctonas de la zona, donde la estructura familiar todavía no se quebraba, donde la vida seguía un ritmo más lento y no se hablaba inglés. Este argumento, teñido de un romanticismo conmovedor, se escuchaba mucho, incluso de gente que había nacido en la capital: esto no es Ghana, me decían, Ghana queda allá, e indicaban con gesto vago el norte, las provincias. Cuando les preguntaba a mis compañeros de estudios o mis vecinos en Legon A de dónde eran, mencionaban primero el pueblo natal de su padres, o incluso de su abuelos, lugares que en algunos casos ni siquiera conocían, o que habían visitado en su niñez, y de los que tenían sólo un puñado de recuerdos. Sin embargo, se identificaban con estas aldeas pequeñas y se llenaban de orgullo al describirlas.

Este detalle del carácter ghanaiano asombraba a muchos de nuestros compañeros gringos, gente por lo general desterrada, pero a Antonio y a mí no nos parecía tan extraño. Yo crecí cantando el himno de Independencia del colegio arequipeño donde mi viejo terminó la secundaria, y Antonio, a pesar de ser nativo de Los Ángeles, tenía una conexión casi mística con Michoacán, la tierra de su abuela. En el primer año universitario, bajo la influencia febril de un ambiente quizá excesivamente politizado, ambos nos habíamos tatuado con símbolos indígenas sobre el pecho –incaico en mi caso, azteca en el suyo– y entendíamos intuitivamente la nostalgia inventada de los ghanaianos de la capital, ese cariño inexplicable que uno puede tenerle a un lugar que no conoce, pero al que siente que pertenece.

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Enrique, hace poco descubrí tu blog. No tenía el gusto de conocer a este autor, y lo que pude leer me atrapó instantáneamente. Probablemente ya lo leíste, pero en caso de que no, te recomiendo la ¨La maravillosa vida breve de Oscar Wao¨.

Enrique dijo...

lo compré hace un tiempo pero está enterrado entre los miles de libros y papeles por leer! gracias por el dato. leí por ahí que era muy bueno.