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domingo, noviembre 30, 2008

Changes

Muy de vez en cuando, la velocidad de estos días alucinados da paso a una calma casi dolorosa. Como un científico que se ha pasado diez horas con la mirada atravesada por el microscopio y levanta finalmente la cabeza para descubrir, asombrado, que hay un mundo más allá de su universo infinitesimal. Pongamos, por caso, un sábado de tormenta tropical que nos obliga a cancelar planes culturosos y nos entrega a la dulce condena de ver la lluvia caer del otro lado de la hamaca.

¡Estos garabatos mentales tienen que ver con que me han acusado, no sin razón, de aspirational copycat!(*). La seguridad laboral es una de las muchas certezas que hemos perdido en la carrera de postmodernidad. No estoy pensando en la intranquilidad de no saber si mañana tendré un trabajo que me permita morfar sino más bien en el aplomo que da el haber resuelto la cuestión vocacional. "¿Qué sos?", "¿A qué te dedicás?", y otras preguntas por el estilo ya no tienen una respuesta unívoca y relativamente simple. No sólo cambiamos de trabajo a una velocidad que marearía a cualquiera del siglo XX sino que además nuestros propios intereses y proyectos van mutando tan rápido que a veces nos cuesta enterarnos a nosotros mismos de qué va la cosa.

Take me, for example... No sólo "comercio exterior" es un concepto cada vez más ajeno a mi vocabulario (hube de pronunciar milllones de veces "internacionalización" hasta poder articularla sin temor en público) sino que con el tiempo he ido sumando otras inquietudes a una ensalada que se está poniendo decididamente extraña. Siempre me gustaron las ciudades (quizás por haber tenido la suerte de conocer muchas de ellas) y su capacidad de proponer cruces para la acción. De todos modos, todavía me sorprende mi creciente interés por cuestiones urbanas que no recuerdo haber heredado de ninguna academia. Por otro lado, estoy dispuesto a aceptar que mi curiosidad por cuestiones de identidad y genero y el rol de los colectivos sociales como agentes de transformación de su entorno tiene un origen mucho más cercano (¡en más de un sentido!), pero aún así reconozco en esas temáticas una personalísima pasión que se coló por la ventana con una fuerza que no podría asignar a un capricho circunstancial. La idea de unas industrias creativas que busquen sacudir y provocar o la paradoja de una tecnología humanizante son apenas dos ingredientes más en esta mezcla que incluye muchos otros temas de perfil difuso y cambiante. So what?

Supongo que uno tiene que acostumbrarse a esos cambios, al temor de levantarse cada mañana con una vocación parecida a la de anoche pero ligeramente distinta para el ojo entrenado, a la inseguridad de no saber si tengo las herramientas perfectas para hacerme cargo de mi mutante destino... Y quizás, a la larga, uno termina aprendiendo a disfrutar de ese permanente salto sin red, del bolso siempre a medio hacer para poder viajar liviano y le toma, por fin, el gustito a extrañarse cada vez que se mira en el espejo.





Seu Jorge...



(*) Habría que patentarlo.

viernes, octubre 31, 2008

The meaning of life


Estoy leyendo un librito falsamente sencillo y e inmodestamente intitulado "El sentido de la vida" (Terry Eagleton). Casi al azar, pego algunas frases de las últimas páginas que me han tocado en suerte:

¡Apágate, apágate, breve candela!
La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor
que, durante su tiempo, se agita y se pavonea en la escena,
y luego no se le oye más. Es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y furia,
y que no significa nada.

Acto V, escena V. Macbeth. William Shakespeare

(...)

En su famosa Guía del autoestopista galáctico, Douglas Adams escribe sobre un ordenador llamado Pensamiento Profundo al que se le pide que calcule la respuesta definitiva sobre el universo. Tras siete millones y medio de cálculos, la máquina produce finalmente una respuesta: 42. A partir de ahí, pues, se hace necesario construir otro ordenador más grande que escrute cuál era la verdera pregunta. Esto me recuerda a la poetisa estadounidense Gertrude Stein, de quien se rumoreó que, en su lecho de muerte, no había dejado de preguntar una y otra vez: "Cuál es la respuesta?", para, en el postrer momento, murmurar finalmente: "Pero ¿cuál es la pregunta?". Una pregunta acerca de otra pregunta formulada mientras uno se precipita al borde de la nada parece un símbolo muy apropiado de la condición moderna.

(...)

La idea que el mundo debe ser algo que recibe su sentido de Dios porque, si no, es completamente aleatorio y absurdo supone una antítesis falsa. Ni siquiera quienes creen que Dios constituye el sentido último de la vida tienen necesariamente que deducir que sin tal base divina no existiría sentido coherente alguno.